Los símbolos sí importan.

Quién le iba a decir a Santa Claus cuando vestía de verde que una multinacional como la Coca-Cola, gracias a una grandiosa campaña publicitaria, lograría que su uniforme tornase de color y se volviera rojo. Desde entonces, todas las generaciones recordamos al querido Santa de ese color. De hecho, no nos entra en la cabeza un Papa Noel vestido de otra forma, sin su poblada barba, su barrigota o su profunda y amistosa carcajada.

Tampoco nos entra, o al menos a mi no me entra, en la cabeza que los cristianos cambien la Cruz por otro símbolo distinto a ese que les identifica. Digámosle a un judio que renuncie a la Estrella de David como símbolo representativo de su religión y la cambie por otro que más nos plazca.

En otra derivada, podríamos decirle a un republicano que sustituya la corona del escudo de armas de la II República y la sustituya por la actual de la monarquía, la constitucional. Eso sería casi inaudito y cuando menos insultante para los republicanos.

Es por ello que los símbolos sí importan. O al menos importaban.

Quizás es que desde este teclado yo vea las cosas de forma distinta a los demás. Quizás es que, como el loco hidalgo, vea gigantes donde solo hay molinos. Pero siempre he dicho que el ingenioso hidalgo no era tan loco como muchos nos han hecho ver. Eso lo aprendí de un gran profesor de Literatura allá cuando estudiaba en Jerez.

Pero no quiero divagar, así que volveré a la importancia de los símbolos.

Hace unos días, por las calles de mi ciudad, San Fernando, vi un gran cartel publicitario donde el candidato socialista a la alcaldía se anunciaba con una foto de medio busto, su nombre y el eslogan “Tu proximo alcalde”. Hasta ahí, todo bien.

Más que su imagen, por cierto, qué maravillas hace el photoshop este, me llamó significativamente la atención que el color rojo corporativo del partido socialista brillaba por su ausencia; las siglas del PSOE y el logotipo del partido (el puño cerrado con una rosa) que, general y usualmente son de color blanco sobre fondo rojo, se habían tornado de color negro y su tamaño había disminuido considerablemente.

La pregunta no se me hizo esperar. ¿Tan avergonzado está este señor candidato que pretende eliminar de su publicidad cualquier símbolo que le identifique con el Partido Socialista? ¿Tan avergonzado está su partido que incluso renuncia a sus colores corporativos y a su estilo? ¿No es cierto que aunque la mona se vista de seda, mona se queda? Entenderán que me hiciera estas preguntas como creo que cualquier ciudadano se podría haber hecho.

La respuesta no la sé, simplemente la supongo. No obstante, considero que los símbolos sí que importan y que aún cambiando de color, a estas alturas, casi todos sabemos lo que hay.